Cuatro pasajes de ida por mar
El dinero de la liquidación que le dieron por el trabajo en la embajada se agotaba. Aunque lo tenían guardado y distribuido para un año, ya estaban ahí un año y medio. Los chicos crecían. Ofelia ya entraría al colegio, y Julio parecía ser ya de esos niños avispados que iban a destacar en los libros y en el colegio, y en el acto cívico del aniversario cantando y recitando y gastando en uniformes y libros y útiles para las tareas. Porque claro, no bastaba con ser avispado, había que tener plata para que toda esa inteligencia de frutos. ¿Y para qué quería que esa inteligencia dé frutos? Era lo peor que le podría pasar. Que el Julio sea uno de esos niñitos chiquitos que se la pasan leyendo. De eso se haría cargo apenas vuelvan a su país, porque aquí ya no había dónde más vivir. Y el Julio, que estaba empezando a hablar, se estaba quedando con el acento marcado de sus erres.
