lunes, 19 de enero de 2026

CINE: LAS OSCURAS PRIMAVERAS



Meme del Real - No puedo parar



O las dificultades del deseo.

Las oscuras primaveras (2014)

Dirección: Ernesto Contreras

Guión: Carlos Contreras

Reparto: José María Yazpik - Igor, Irene Azuela - Pina, Cecilia Suárez - Flora, Hayden Meyenberg - Lorenzo

Igor esá casado con Flora. Ambos tienen esforzados trabajos de servicio en los que las carencias y dificultades son paliadas con el encuentro de las dos mitades, con la comprensión de una pareja que está sola contra lo externo. No pueden tener hijos, pero se tienen entre ellos.

Pina es divorciada. Vive con su hijo Lorenzo. Es secretaria en una empresa que vende fotocopiadoras e insumo de oficinas. Todos los días es un esfuerzo por recoger a Lorenzo del colegio y criarlo sin su padre, en un tenso enfrentamiento entre el niño y la mujer, donde su único encuentro consigo misma son los cigarrillos.

En el escenario mustio y aburrido de la oficina, del lugar donde nadie más que dos extraños caminan, Igor y Pina encarnan un contacto físico inmediato, intuído por su ser consciente, pero totalmente esperado por sus cuerpos. La naturaleza amante de ambos aflora y encaja sin esfuerzo, como los encuentros casuales perfectos, que tienen la culpa de la perfección y del placer inmediatos. Cuando el uno termina con el otro, se preguntan lo mismo: ¿cuándo volverán a hacer el amor? Y se preguntan sin decirse nada, ¿qué tiene que cambiar en nuestras vidas para que lo hagamos siempre? Esa es la puesta de esta película de Ernesto Contreras, donde la búsqueda del placer mueve estre thriller erótico.


El título no es gratuito. La vida de la que los personajes principales escaparon durante un momento en que solo podían escuchar sus respiraciones, pasa al segundo plano de manera inmediata. El colegio de Lorenzo ensaya una obra de teatro para celebrar la primavera. Flora lucha por salir adelante en un entorno en el que tiene que trabajar y cuidar del hogar que quieren construir con su esposo. Aunque pudieran parecer partes del cotidiano de cualquier persona, dispuestas de manera casual para rellenar la búsqueda de la pasión y el placer que Igor y Pina realizará por su cuenta, nada en la pelícual es casual. Todos los acontecimientos forman parte de un tejido más grande que el deseo, el placer, o el trabajo. Casi como si la realidad quisiera defenderse de dos de sus elementos que buscan lo contrario a la rutina y la sumisión: buscan su felicidad. 

Aunque no sea en sus casa. Y es que el hogar es el espacio desde el cual cada uno vive su persecución. Para Pina, es la obligación de madre, el encuentro con el hijo, el orden y la limpieza que se le exige como mujer responsable con un menor a su cargo. A tal punto, que los únicos momentos en que parece sentirse a gusto son cuando se quita el traje de su rol diurno (literalmente) y fuma en silencio, como si el humo la alejara de las ataduras de su vida adulta. E incluso ese pequeño placer le es negado constantemente. En el caso de Igor, el hogar es el constante recordatorio de su matrimonio con Flora, de la imposibilidad de pareja para tener hijos, de mantenerse a flote apenas con el esfuerzo combinado de ambos, o de tener que privarse de mayores placeres mundanos y estar limitados el uno al otro.


La historia está construída con simbolismos de la vida diaria de los personajes, lo que hace a la narración en extremo disfrutable, pues revela la manera en que los mundos que los amantes se esfuerzan por mantener separados, están lamentablemente conectados. Lorenzo se pierde a sí mismo, hasta que su madre lo encuentre, y la venganza pasiva y bondadosa de ella contra su hijo, entregada con ambor y besos, es un justificativo de sus celos. Los celos de Flora por otro lado son una construcción continua sobre las obviedades del marido, que no termina de encontrarse a sí mismo en una piel que no puede habitar. Quiere estar con Pina, pero no es libre, e intentará sabotear ese hogar que está de pie con palillos de esfuerzo recíproco con su esposa. Aún así, a ninguno de los amantes les alcanza. La normalidad, el aburrimiento, sus prisiones, todas ellas se defienden con uñas de la búsqueda del placer.

La conclusión la traerá la primavera. La reina de la alegría, el placer y la fertilidad. La que arrasa con el invierno, la que enciende las luces, la que une a los cuerpos y que vuelve inevitable la alegría. Para Igor y Pina, es el destino compartido, lo que buscaron por toda la película. Ella lo desea a él, se ofrece por completo, él la desea y la posee. Son perfectos juntos, y el descanso es dulce. Pero hasta la primavera cobra un precio. 



Y el designio más trágico, una poesía de niños, anuncia el destino de los amantes, como en los coros del teatro griego. Esta efectividad en el cuento hace que sea disfrutable el desarrollo de la historia, porque el espectador forma parte de desarrollo de la trama, motivándolo a anudar la trenza de eventos, juntando erotismo con tragedia, solidaridad con estupor. Y hace cercano el desenlace, libre de acertijos o interpretaciones: sabemos por qué suceden las desgracias, por qué lo dulce es tan amargo, por qué a veces en la vida el pasado nunca es pasado.

Las Oscuras Primaveras se puede disfrutar incluso pese a los clichés eróticos de la época, como la inevitable sumisión a la sexualidad masculina que debe ser satisfecha o el cuerpo de la mujer como refugio y nunca como propuesta. Ese debe ser el único pero que tiene esta historia, que por lo demás permite disfrutar los esfuerzos de los amantes y la inevitabilidad de las decisiones. O lo peligroso que es pagar el precio del deseo cuando la letargia es en realidad el verdadero premio. 

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