Cuatro pasajes de ida por mar
El dinero de la liquidación que le dieron por el trabajo en la embajada se agotaba. Aunque lo tenían guardado y distribuido para un año, ya estaban ahí un año y medio. Los chicos crecían. Ofelia ya entraría al colegio, y Julio parecía ser ya de esos niños avispados que iban a destacar en los libros y en el colegio, y en el acto cívico del aniversario cantando y recitando y gastando en uniformes y libros y útiles para las tareas. Porque claro, no bastaba con ser avispado, había que tener plata para que toda esa inteligencia de frutos. ¿Y para qué quería que esa inteligencia dé frutos? Era lo peor que le podría pasar. Que el Julio sea uno de esos niñitos chiquitos que se la pasan leyendo. De eso se haría cargo apenas vuelvan a su país, porque aquí ya no había dónde más vivir. Y el Julio, que estaba empezando a hablar, se estaba quedando con el acento marcado de sus erres.
—Perdone que lo interrumpa. Pero, ¿podría ayudarme a comprar mi pasaje? Es que vi los suyos, lo oí hacer la compra, y yo también voy para allá, pero no me manejo bien con el dinero ni con las indicaciones.
—No es molestia. La ayudo yo. Volvamos ahora, para no perder el lugar en la fila.
Fue una transacción sencilla, pero la joven no podía manejarla. No se dio cuenta, pero eso lo atrajo en seguida. Era una joven despierta, atenta a su entorno como los pajaritos que se despertaban para anunciar el sol. La joven introdujo una mano llena de sortijas en el bolso rojo de bordes dorados que guardaba dentro de su abrigo, y sacó un montón de billetes, de los que escaseaban desde el final de la guerra. Se los ordenó, sintiendo que ese era un gesto elegante y ordenado en contraste con la ligereza con que ella manejaba su finanza, y calculó el importe de la compra. Ella quería un pasaje para irse. Una mujer sola. Él había comprado cuatro pasajes para volver. Dos adultos y dos niños. El destino de todos ellos era el mismo: Buenos Aires. La París de América. Donde todos los días eran una fiesta y un baile, donde no había que comer el plan negro mezclado con cereales de todo tipo, sino que se podía hacer un guiso con carne y verduras, todo en abundancia y al alcance de alguien con una profesión y los contactos necesarios. Era un destino moldeado a su medida. Le compró el pasaje. La boletera le dijo que ya había comprado dos adultos, pensando que eso lo incluía a él y a la joven, que evidentemente confundió con su esposa. Él le aclaró que no, que no era para él la compra sino para la joven que lo acompañaba y que iba a viajar sola. Ella se sonrojó.
—El tranvía que tomo está en reparación.
—No me molesta. Será un gusto acompañarla. Al menos un trecho. Pero para dónde va.
—Para la Carrer de l'Hospital. A la sombrerería de Antoni Obach.
—Eso es para el otro lado. Equivoca la ruta.
—Para nada. Este lado del camino es más lindo. Paso por las librerías y por las tiendas de guantes.
— ¿No tiene prisa?
—Tengo prisa por ver libros y por ver guantes.
Era una casualidad. De esas que ella adoraba con una devoción como un regalo de los insondables dioses de la casualidad. Poco después, él aprendería que esa era la religión de ella. Le tenía una fe religiosa a la azarosa fortuna que arruinaría su transporte para que coincidieran ambos en la boletería. Al accidente con los documentos que le permitió averiguar que era alemana. Que Judith Wolv se llamaba. Que trabajaba como asistente en una oficina de extranjería, sin padres, ni esposo, ni hijos, ni horas que la amarren a nada ni a nadie. Todo lo opuesto a él.
— ¿Tiene dos hijos? Madre mía. Son tantos.
—Es lo mínimo en realidad.
— ¿Lo mínimo para quién? Para el gobierno definitivamente no.
—Pero... ellos son el legado de uno... lo que queda cuando uno se muere.
—Señor, ¿su nombre cuál era?
—Julio. Julio José.
—Julio entonces. ¿Qué legado es ese? Solo tienes el ahora. No el después.
Y supo que ella no se iba a ir. Como todo se va. Como las pálidas luces de la rambla que desaparecen en las madrugadas peligrosas de vino barato donde ya no se perdía. O las aves que saltan y se lanzan al mar cuando las torres de los barcos aúllan con humo y miedo. Ella estaba ahí, y se iba a quedar. No dejará que se vaya.
—Déjeme acompañarla.
—Pero sí ni siquiera sabe dónde voy.
—Donde sea, contigo quiero ir.
Dos pasajes de vuelta por tierra
—Mirá qué hermoso se puso el cielo. Azul oscuro en lo alto, como metálico, como agua profunda de esa donde nadan los sapos. Y ahí debajo ese manchón oscuro. ¿Será una nube? Creo que el cielo es así cuando amanece. Pero no lo sé. Hace mucho que no me desvelo para ver un amanecer.
—Qué decís. Si nos amanecimos el otro día. Salimos del salón con los chicos y nos fuimos cantando hasta el río de la Boca. Te agarré de la mano para que no te caigas. ¿En serio no te acordás?
—No cuenta niño. Llegué a mi casa y me puse a dormir. No me fui
—¿Qué me contás? Apenas dormí. Llegué directo al desayuno y la María me dice que no podía dormir porque teníamos que ir donde la Victoria.
— ¿Victoria? ¿La hermana?
—Sí. Es fatal. Me rodea de preguntas, me revisa la ropa a la vista. ¿De dónde es esa mancha? ¿Por qué está tan arrugado el codo del saco? Ni la María me trata así. Pero insiste en que esté presente cuando ha cocinado algo o cuando va a ir a comer la abuela. Quiere que esté ahí aunque esté callado, callado más bien para no responderle con una pachotada sus improperios. Y Julio que no me habla. ¿Cómo se puede odiar tanto siendo tan chico? Sigue hablando con esa maldita erre y yo lo tengo que corregir porque la María no lo toca a su niño. Lo tienen tan envuelto. Tan cuidado.
En un gesto atípico a su casual desinterés, ella le tomó de la mano. No como se la tomaba cuando iban a entrar a uno de los salones de tango de medianoche y quería que el Juan y la Violeta los vieran como la pareja que sabía que no eran, o como cuando entraban los dos de la mano a los hoteles del río de la boca porque no quería que la confudieran con una de las putitas francesas que se alquilaban en los cuartitos de puertas de persiana con madera. No. Se la tomó primero sujetándole los dedos gruesos, para que sepa que estaba ahí, y luego envolviendo todas sus falanges con su mano chiquitita de dedos pálidos, para que él se de cuenta de que no lo iba a soltar. Entonces lo sintió, al anillo que él nunca se quitaba, que debía ser más pequeño que cualquiera de sus sortijas pero que se plantaba entre ambos como un montaña que se hundía y dejaba un abismo. Y como una niña que no puede medir lo hondos que son los abismos, ella se dejó ir, y se dejó de lado todas las preocupaciones porque si uno no las mira no importan y que no importe nada. Y solo lo pudo sujetar de los dedos, luego del brazo, luego la cabeza contra su hombro y quiso que volvieran a cumplir con su ritual de todos los días a medianoche, cuando se prometían todo y nada, mientras caminaban por Buenos Aires a medianoche, cuando nadie los veía, andando por los diferentes pedazos de ciudades que armaban ese maravilloso rompecabezas que ninguno de los dos conocía porque las rutas y las calles eran de lo último de lo que se preocupaban cuando podían ocuparse el uno del otro tan fácil y tan tiernamente bajo el cielo de noche. Cuando no había que hacerse responsable de nada porque hasta las responsabilidades se dormían a esa horas, y nada serio podía amenazar la felicidad de ambos. Atrás quedaron María, y los chicos, y la hermana, y la abuela, y la oficina, y el temor de comprometerse con nada y de no amarrarse a la vida de nadie y solo entregarse al mundo.
Y nada de lo ya dicho importó después, porque vino un pero. Esa palabra que borra todo lo que la antecede y abre las posibilidades de una hoja en blanco de un cuaderno nuevo al que le arrancaron todo lo precedente. Y el pero lo trajo él, cuando metió la mano en su saco de paño grueso y botones dorados, y sacó unos papeles grandes llenos de letras oscuras. Mientras, ella frotaba su mejilla contra su hombro, que le quedaba muy por encima de la cabeza y que la luz tibia y débil de los faroles le hacía parecer tan encantador.
—Tengo los pasajes.
— ¿Qué pasajes?
—Los pasajes tontina. Los pasajes para irnos.
— ¿En serio?
Se lo tuvo que preguntar. Era la única pieza suelta.
— ¿Y tu familia?
Le respondió sin pensar. Como si ya tuviera lista la respuesta y solo necesitara un motivo para decirla en voz alta con todas sus palabras a través de su boca.
—No me quieren ahí. Y si no me quieren no me voy a quedar. Será lo mejor para todos.
Cerró con más fuerza los dedos. Era el momento de no dejarlo ir. De no pensar en las consecuencias de sus promesas o en la esquina de su mentón cuando hablaba sin verla y solo lo iluminaban las farolas de la calle. Recordó que uno solo conserva lo que no amarra. Y como si tomara impulso, abrió la mano, le soltó la rienda y decidió irse sola a casa, cruzando las violentas calles de Buenos Aires sin más defensa que su propio arranque y la certeza de que sin importar lo sinuosos que fueran los caminos, ella llegaría a su destino. Solo faltaba acordar una cosa.
— ¿Dónde nos vemos?
Georges Brassens - Je M'Suis Fait Tout Petit

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