Budapest, 1993
Pocos teatros son tan íntimos com el Vígszínház. A sus comienzos al menos. Luego del régimen el teatro tuvo comienzos más populares, lo que a mi criterio le daba más oportunidades de tener obras experimentales e innovadoras en cartelera. Aún recuerdo la temporada en que Pintér Béla y sus Proto-Compañías mezclaban ópera y chistes para camuflar sus críticas al anterior régimen. Valientes antes, necesarios ahora que se nos permitía hablar de lo que le sucedió a este país cuando todos aprendimos a obedecer sin cuestionar, o a sufrir sin reaccionar. Esa era la Budapest del noventa y tres en que Timea y yo nos mudamos al cuarto en el barrio de Józsefváros, lejos del centro y de nuestras familias, donde descubrimos lo peligroso que era el apego de nuestro romance juvenil.
Ese era nuestro hábitat. Timea se ponía el abrigo de paño largo y cuello de conejo, y yo el saco de paño con la úncia chalina que me regaló mi tío antes de hacer su viaje sin retorno a los condados de Borsod-Abaúj-Zemplén. Su recuerdo siempre estaba presente en la fina pieza de lana tejida a mano, seguro por alguna de las mujeres que lo frecuentaban antes de la caída del régimen. A Timcsi le gustaba mucho esa chalina, que se podía desdoblar al medio para formar una manta, ideal para las peores nevadas de enero. Nos poníamos las botas al mismo tiempo, juntos en la puerta del cuarto. Yo sujetándola a ella y ella mirando atenta a que no me caiga. Yo me balanceaba en una pata como los piratas de los libros de Salgari, mientras intercalaba mi mirada chueca desde mis botas, hasta el suelo, hasta las trensas de mi pequeña Timcsi.
Sucedió lo inevitable. Mientras recorríamos el camino al teatro Vigszínház, Timcsi habló de mi tío como si nada, para luego asentarlo como un tema fijo. Era su fascinación, el viejo tío de su amante que dejó su vida detrás, su hermana, su esposa, su sobrino, sus medallas viejas perforadas y el uniforme bañado en sangre, y se volvió un Erdőlakók. Pienso que es una niña todavía, joven e impresionable. Susceptible a las historias de esos Erdőlakók que dejaban todo atrás para irse a vivir a los páramos montañosos más alejados, y vivían en rústicas cabañas cultivando patatas.
Las puertas del Vígszínház fueron hechas a mano por una de las compañías que no supo reunir aforo para su puesta. Yo asístí, sin Timcsi, y sí eramos unos cuantos. Cuatro creo, sentados en viejas sillas de madera viendo la obra tradicional húngara hundirse no por la falta de gente, sino por la falta de valentía del elenco, que logró transmitir el pesar de ver que nadie fue a su obra. Eran unas maravillosas puertas de madera, bien trabajadas, de tablones amartillados lado a lado y barnizados por las varias manos de un elenco que seguramente se dedica a otra cosa ahora. Ahí estuvimos con Timcsi hasta que llamaron uno a uno a los boletos de ingreso. La noche estaba llena en el umbrál del Vígszínház. Uno de los hombres de espesa barba que merodeaba, llevando del brazo a su esposa de abrigo blanco, era un carnicero del Distrito VII, el Erzsébetváros, al que le instalé una antena de señal pirata hace unos meses. Me miró raro un momento, pero no me reconoció. Su esposa se quedó mirando a Timcsi. Otras eran dos jóvenes acompañadas por una mujer mayor, la chaperona, escandalizada por el barrio de mal morir al que habían llegado, seguramente llevadas por la curiosidad de las chicas. El Vígszínház era evidentemente popular, y atraía a todo Budapest. A todo Budapest, incluídos un grupo de muchachos jóvenes, que presumían unas navajas entre ellos, al ritmo de escupitajos y gestos obsenos. Sentí uno de esos gestos pasar a nuestro lado. Timcsi no veía nada. Deslicé el brazo de su hombro a su antebrazo y la pegué más a mí. Me lo agradeció, y yo culpé a la nieve.
Éramos los números treinta y siete y treinta y ocho. Las graderías eran viejos armatostes de madera y metal. «¿Es que nunca veremos algo nuevo?» fue la queja de Timcsi. Y tenía razón. Todo en este mundo que volvía a nacer era de sgunda mano. Solo nuestra esperanza era nueva. Todo lo demás había sobrevivido a algo. Yo, a un reclutamiento nocturno para una de muchas resistencias. Timea a un padre militar que violaba a sus hijas. Estábamos ahí, subiendo las graderías para ver el teatro. Como cada noche, esperábamos disfrutar el teatro que tanto nos gustaba y que nos fue negado tantos años. A mí por el hambre, a ella por la tradición. Nuestra coincidencia no iba a ser mejor. Y el hambre, y la falta de sol y de calor nos llevó a compartir el viejo cuartito de Józsefváros, donde aprendí lo que era la virginidad de las mujeres y ella la violencia de los hombres. El sudor de las paredes y el olor de los hierros con el sonido de los cobres. Ella aprendió a dormir desnuda. Yo aprendí a dejar de desear que el mundo estalle en una guerra sin tregua que nos mate a todos. A que las bombas dejen de caer, y los cielos dejen de arder como combustible, solo para que la pequeña Timcsi vaya de nuevo al teatro a ver a otros chicos disfrazados de animales en una granja. Estas eran las noches por las que quería vivir. Y los escuché. Los mismos jóvenes que estaban afuera. Sus risas, reconocí las voces, los chistes. Me pareció que en uno hacían alusión al cabello rojo. Como las trenzas de Timcsi. Ahí sentí al animal en mi estómago retorcerse, voltearse, molesto, mordiendo las esquinas de mi interior, pidiendo salir. Cerré los puños en el bolsillo, y volví a estar presente en el teatro. Me había perdido. Por segundos. Pero suficientes para saber que la ira me consumía.
La rabia crecía. Yo apenas cabía en los estrechos asientos de la gradería. Medio culo sentado, medio culo en el aire. Me acomodé como bien pude, y dio la vuelta para ver a Timcsi. Estaba peor que yo. La vi de lado, tratando de acomodarse en el asiento. ¿Y por qué? Ella me llegaba a la mitad del codo. Era más delgada que yo. Sus huesitos se podían ver por encima de su piel, y con la lengua juraba que podía saborear los cercos de sus costillas en las noches. Las luces se apagaron. Yo estaba incómodo, y Timcsi sentada en al aire. Le sujeté el brazo, y en la oscuridad nos buscamos los ojos. Lo supimos apenas nos miramos. Eran las rodillas de la gente de atrás. Me hice a un lado y Timcsi pudo acomodarse en el reducido espacio de madera entre yo y el vacío.
La obra comenzó tarde. Caperucita, la adolescente, renegaba del lobo, de la abuela y de su destino. Explicaba en efusivo monólogo sus motivos, su afán por estudiar, por trabajar, por definirse a sí misma y ser dueña de sí misma. El silencio aprobatorio era el gesto más húngaro de la audiencia, y me llenaba siempre de silencioso orgullo. Cuando caperucita dijo que no quería tener hijos, y que sio iba a tenerlos iba a abortarlos, comenzó la protesta bulliciosa y las rechiflas de los asistentes, un gesto complétamente húngaro del que a veces me enorgullezco. Esa noche no, en particular.
Pero desde le principio de la obra sentí la punta de las rodillas en mi espalda, en la parte superior antes del cuello. Me golpeaban, con la dejadez fingida del que te quiere picar para ver cómo no le haces nada porque te confunde con un pusilánime. Sentí la rabia en las manos. En el cuchillo mio de cada día que tenía oculto en la bota. Le recorría el filo con mis dedos adormecidos, duros por el trabajo de niño. Un callo se cortó en dos, con la piel muriendo silenciosa al partirse en dos por el acero. Y mi mente dejó de lado a Caperucita, y en su lugar borró el escenario. Solo estaba yo. Con la cabeza ese chico rubio en mis manos, sujeta por mis dedos que se entraban a su nariz y a sus cuencas. En la otra mano, el cuchillo del carnicero que no me reconoció, se balanceaba excitado, bailaba, quería cortar y cortar. Y lo dejé. Lo guié por las esquinas de esa cabeza humana que tanto odio. Y la partimos en dos con cortes. Volví de repente al teatro. Así eran mis fantasías. Me absorvían, y me devolvían de golpe sin más recursos que el sabor en la boca de lo que quiero comerme. Recordé de inmediato el rostro de esos chicos, que se reían de Timcsi, que se ocupaban de que no disfrutemos la obra, y lo ubiqué entre la oscuridad del teatro gracias a las artes de la ecolocación que me da la rabia, que desde pequeñito me enseñaron a pelear en la noche, a estrellar mi puño contra el rostro de los otros chicos que nos entrenaban para ser soldados, que nos enseñaban a no querer, a no cuidar, solo a obedecer y a nunca nunca llorar, jamás por las heridas y menos por el recuerdo. Vi a los chicos, en mi cabeza, sabía dónde estaban, detrás mío. Mi mano bajó a mi bota, su rodilla se clavó más en mi espalda, en el lugar entre los hombros que a Timcsi le gustaba rascar. Bastaría un movimiento, pero antes necesitaba verlo con mis ojos para saber a qué altura tenía el cuello.
Un reflector volteó hacia la concurrencia mientras Caperucita buscaba al culpable de que a las mujeres las traten como caperucitas. Yo aproveché para voltear el cuello, los ojos amarillos, la frente fría y recta como la sentencia que les correspondía a esos muchachos rubios y a su villanía de navajas y flemas en la nieve. No encontré a ningún chico. Detrás de mí estaba una señora con su hija, ambas viendo el teatro, divertidas hasta que mis ojos encontraron los de la madre. Ví el terror, la sorpresa, el miedo, y el parpadeo nervioso que al abrirse revelaba el ojo volteado hacia a un lado, buscando a otras personas, a alguien que la ayude contra la amenaza que es el hombre violento que tiene delante. Pero que no encuentra a nadie. Miré al suelo, incapaz de seguirla mirando a los ojos más tiempo. Con la luz miré a Timcsi. Estaba sentada en un minúsculo espacio de madera, junto a un poste de metal contra el que la arrinconaba mi pesadez. Detrás de la señora, los jóvenes veían atentos al escenario, levantando la mano mientras gritaban lobo lobo lobo. Pero se equivocaban. El único lobo en ese teatro era yo.
Pensé que ellos eran los que nos lastimaban. Pero era esa señora. Y ni siquiera me lastimaba. Al final era yo. Ni la toqué, me bastó una mirada, "mi" mirada, la que uso en la calle, la que usaba en mi anterior vida. La que Timcsi vio una sola vez. La que mostraba a cualquiera que la mirara a ella. Como un puñal, se lo clavé a esa señora de falda gruesa de lana y manta sobre manta que se escapó con su hija para ver el teatro en esa noche congelada de enero. Bajaron como pudieron las gradas. Los chicos habían desaparecido.
— ¿László?
La vocecita semi apagada de Timcsi. La de las preguntas. Con la que hizo el ruido de duende que saltaba de la oscuridad del cuarto para asustarme cuando llegaba del trabajo. La voz con la que compraba patatas o el boleto del tranvía. El teatro estaba vacío. Yo estaba de pie en las graderías vacías. La pequeña Timcsi parada a mi lado me miraba ansiosa por salir, y preocupada por mi mutismo.
— ¿A tu tío le gustaba el teatro Laci?
Salimos tarde. Compramos un Langós en los puestos del mercado del frente. Caminamos a casa. Ella bajo mi brazo, cavilando nuevamente sobre mi tío. Yo pensando en la nieve y en las señoras.

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