miércoles, 31 de enero de 2024

EL DOCE DEL NUEVE

 



Es el día doscientos cincuenta y cinco. En año bisiesto es el  doscientos cincuenta y seis.

 

         La Gerousia se encontraba reunida. Los veintiocho ancianos deliberaban solemnemente, decidiendo sobre las leyes y la justicia en Esparta. Los precedían los dos reyes espartanos. Era el 9 de septiembre del calendario griego, fechas religiosas en las que todo curso de acción se encontraba suspendido a la espera de la próxima luna llena. El murmullo se interrumpió por los pasos pesados y cansados de Filípides, joven corredor de larga distancia que corrió hasta el centro de la Gerousia y reclamó la atención de los gerontes. Estos se asombraron. El joven corredor apenas podía mantenerse en pie, y su rostro y cuerpo sudaban agotados por un esfuerzo extremo. Pese a ello, habló con voz fuerte que interrumpió todo murmullo, como ameritaban las noticias que traía: Corrió durante dos días desde Maratón, la ciudad de Eretria fue esclavizada, Grecia se encontraba bajo ataque Persa, los atenienses requerían asistencia de Esparta. Al terminar de pronunciar el nombre de la ciudad cayó sobre sus rodillas, se apoyó lentamente en el suelo y murió delante de los gerontes y los reyes espartanos.

 

         Ana pasó el tocado por encima de su larga melena castaña. La tela era suave, ideal para protegerla del calor y la arena. Aunque estaban en el interior del templo de Jerusalén, todavía sentía el calor del monte Moria. Su hija lloraba en sus brazos. Aunque la bebé estaba visiblemente molesta por el calor, Ana prefería que permanezca así. Temía que le dé esa fiebre que se llevaba a los bebés. Le tocó el turno, y el sacerdote saludó primero a su esposo Joaquín, luego a ella y luego levantó el manto que cubría a la niña. "Tiene cuatro días" le dijo Ana, respondiendo a la pregunta que no le formuló. El sacerdote alternó su mirada entre la joven madre y su esposo. Joaquín tenía que pronunciar la frase a nombre de los dos, como mandaba la tradición. Siempre fue tímido, y Ana siempre fue lo suficientemente inteligente para para prepararlo a vencer esa timidez. Practicaron desde la mañana, pero las palabras no le salían. Ana lo miró balbucear un momento. Luego otro. No esperó más. "Su nombre es María. Se llamará María".

 

         La mañana del 12 de septiembre de 1953 en Newport, Rhode Island, el sol era auspicioso, el aire fresco y los más de ochocientos invitados en la iglesia de St. Mary mantenían un calmo y respetuoso silencio.  Aun así, todo el templo se sobrecogió cuando Jacqueline Lee Bouvier ingresó por el portón principal en un vestido de seda marfil con escote de portarretrato, luciendo un velo de punto rosa de la abuela Lee adornado con capullos de flores anaranjadas. Su bouquet era de sencillas flores rosadas, y lo sujetaba con delicadeza delante de ella. Como joyas llevaba un collar de perlas y una manilla de diamantes, ambos regalos del novio, John Fitzgerald Kennedy, que la esperaba en el altar junto al arzobispo Cushing, que dormitabe en sus pensamientos. Delante de él, en el atrio, reposaba una bendición especial escrita para la ocasión por el papa Pio XII. La novia sujetó el brazo de su padrastro, miró por última vez a su novio esperándola, y dio el primer paso hacia su nueva vida. Sin quererlo, recordó la noche del año pasado en la que se conocieron.

 

         Las radios habían sido silenciadas. En todo el país, las ejecuciones sumarias cortaban el tenso silencio con sus disparos. Las embajadas rebalsaban de sus nacionales, que buscaban refugio. Los periódicos de la mañana del 12 de septiembre de 1973 llevaban distintas variaciones del mismo contenido aprobado por la recientemente instaurada junta militar: el suicidio de Allende y la recuperación de la democracia por parte de los militares. Entre líneas, se mencionaba la muerte de Victor Jara por causas naturales. En esos momentos, en el interior del Estadio Chile, Victor Jara era sometido a un interrogatorio por oficiales militares. No esperaban respuestas, sino solo prolongar lo inevitable. Esos mismos oficiales le rompieron los huesos de ambas manos con la culata de un fusil. Luego procederían a simular su fusilamiento, con la intención de romper sus nervios del autor además de su cuerpo. La tortura y los vejámenes duraron cuatro días más. El 16 de septiembre de 1973, los vecinos de Población Santa Olga encontraron su cuerpo botado en un terreno baldío cerca del cementerio Metropolitano.

 

         David siempre desconfió del término “éxito inmediato”. Pero hasta el tuvo que reconocer que la disquera decía era inusual. Todos los ejemplares de “Wish you were here” ya están pre vendidos antes de su estreno el 12 de septiembre de 1975. Otra orden igual fue vendida y se encontraba en elaboración. El tipo de la disquera dijo que apenas podían cumplir con la demanda. Le respondió con un sencillo “ok”. Las cosas no cesaron luego del estreno. Se habló de una gira mundial. La banda conocía una fama con la que las bandas de la época solo podían soñar. La etapa de tocar en pequeños pubs había quedado atrás. Eso era lo que preocupaba precisamente a David. Lo que dejaban atrás. Como el día en que él los visitó en el estudio. Fue unos tres meses antes del estreno, en una de esas extrañas sincronías de la vida. Terminaban de mezclar "Shine on you crazy diamond". Nadie lo reconoció, y más bien lo confundieron con uno de los técnicos del estudio. Era la imagen contraria a la estrella de rock que alguna vez fue: calvo, gordo y sin cejas. Pero no pasó mucho hasta que se dieron cuenta de quién era. Algunos lloraron. Pronto lo rodearon para hablar con él. Dijo que había ido a colaborar con el nuevo álbum. Cuando le tocaron las nuevas canciones, se dieron cuenta de que la comunicación con él no iba a ser tan lúcida. Vino dos o tres días más, solo a acompañarlos. Luego desapareció.

La leyenda de la banda creció con el tiempo. Efectiva y literalmente, atravesaron el mundo con su música. Roger siempre dijo que la canción era dirigida a él mismo, tratando de lidiar con la fama. Al final, dio tantas versiones que terminó diciendo que la letra estaba abierta a la interpretación del oyente. No fue así para David. Cada vez que tocaba “Wish you were here”, en todos los escenarios del mundo en los que se subió, pensaba en su amigo Syd Barret, y en todo lo que había dejado atrás con él.

 

         El doce del nueve es el cumpleaños de mamá. 


George Harrison - My sweet Lord


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