Es el día doscientos cincuenta y cinco. En año bisiesto es el doscientos cincuenta y seis.
La Gerousia se encontraba reunida. Los
veintiocho ancianos deliberaban solemnemente, decidiendo sobre las leyes y la
justicia en Esparta. Los precedían los dos reyes espartanos. Era el 9 de
septiembre del calendario griego, fechas religiosas en las que todo curso de
acción se encontraba suspendido a la espera de la próxima luna llena. El murmullo
se interrumpió por los pasos pesados y cansados de Filípides, joven corredor de
larga distancia que corrió hasta el centro de la Gerousia y reclamó la atención
de los gerontes. Estos se asombraron. El joven corredor apenas podía mantenerse
en pie, y su rostro y cuerpo sudaban agotados por un esfuerzo extremo. Pese a
ello, habló con voz fuerte que interrumpió todo murmullo, como ameritaban las
noticias que traía: Corrió durante dos días desde Maratón, la ciudad de Eretria
fue esclavizada, Grecia se encontraba bajo ataque Persa, los atenienses
requerían asistencia de Esparta. Al terminar de pronunciar el nombre de la ciudad
cayó sobre sus rodillas, se apoyó lentamente en el suelo y murió delante de los
gerontes y los reyes espartanos.
Ana pasó el tocado por encima de su
larga melena castaña. La tela era suave, ideal para protegerla del calor y la
arena. Aunque estaban en el interior del templo de Jerusalén, todavía sentía el
calor del monte Moria. Su hija lloraba en sus brazos. Aunque la bebé estaba
visiblemente molesta por el calor, Ana prefería que permanezca así. Temía que
le dé esa fiebre que se llevaba a los bebés. Le tocó el turno, y el sacerdote
saludó primero a su esposo Joaquín, luego a ella y luego levantó el manto que
cubría a la niña. "Tiene cuatro días" le dijo Ana, respondiendo a la
pregunta que no le formuló. El sacerdote alternó su mirada entre la joven madre
y su esposo. Joaquín tenía que pronunciar la frase a nombre de los dos, como
mandaba la tradición. Siempre fue tímido, y Ana siempre fue lo suficientemente
inteligente para para prepararlo a vencer esa timidez. Practicaron desde la
mañana, pero las palabras no le salían. Ana lo miró balbucear un momento. Luego
otro. No esperó más. "Su nombre es María. Se llamará María".
La mañana del 12 de septiembre de 1953
en Newport, Rhode Island, el sol era auspicioso, el aire fresco y los más de
ochocientos invitados en la iglesia de St. Mary mantenían un calmo y respetuoso
silencio. Aun así, todo el templo se
sobrecogió cuando Jacqueline Lee Bouvier ingresó por el portón principal en un vestido
de seda marfil con escote de portarretrato, luciendo un velo de punto rosa de
la abuela Lee adornado con capullos de flores anaranjadas. Su bouquet era de
sencillas flores rosadas, y lo sujetaba con delicadeza delante de ella. Como
joyas llevaba un collar de perlas y una manilla de diamantes, ambos regalos del
novio, John Fitzgerald Kennedy, que la esperaba en el altar junto al arzobispo
Cushing, que dormitabe en sus pensamientos. Delante de él, en el atrio,
reposaba una bendición especial escrita para la ocasión por el papa Pio XII. La
novia sujetó el brazo de su padrastro, miró por última vez a su novio
esperándola, y dio el primer paso hacia su nueva vida. Sin quererlo, recordó la
noche del año pasado en la que se conocieron.
Las radios habían sido silenciadas. En
todo el país, las ejecuciones sumarias cortaban el tenso silencio con sus
disparos. Las embajadas rebalsaban de sus nacionales, que buscaban refugio. Los
periódicos de la mañana del 12 de septiembre de 1973 llevaban distintas
variaciones del mismo contenido aprobado por la recientemente instaurada junta
militar: el suicidio de Allende y la recuperación de la democracia por parte de
los militares. Entre líneas, se mencionaba la muerte de Victor Jara por causas
naturales. En esos momentos, en el interior del Estadio Chile, Victor Jara era
sometido a un interrogatorio por oficiales militares. No esperaban respuestas,
sino solo prolongar lo inevitable. Esos mismos oficiales le rompieron los
huesos de ambas manos con la culata de un fusil. Luego procederían a simular su
fusilamiento, con la intención de romper sus nervios del autor además de su
cuerpo. La tortura y los vejámenes duraron cuatro días más. El 16 de septiembre
de 1973, los vecinos de Población Santa Olga encontraron su cuerpo botado en un
terreno baldío cerca del cementerio Metropolitano.
David siempre desconfió del término
“éxito inmediato”. Pero hasta el tuvo que reconocer que la disquera decía era
inusual. Todos los ejemplares de “Wish you were here” ya están pre vendidos
antes de su estreno el 12 de septiembre de 1975. Otra orden igual fue vendida y
se encontraba en elaboración. El tipo de la disquera dijo que apenas podían
cumplir con la demanda. Le respondió con un sencillo “ok”. Las cosas no cesaron
luego del estreno. Se habló de una gira mundial. La banda conocía una fama con
la que las bandas de la época solo podían soñar. La etapa de tocar en pequeños
pubs había quedado atrás. Eso era lo que preocupaba precisamente a David. Lo
que dejaban atrás. Como el día en que él los visitó en el estudio. Fue unos
tres meses antes del estreno, en una de esas extrañas sincronías de la vida.
Terminaban de mezclar "Shine on you crazy diamond". Nadie lo
reconoció, y más bien lo confundieron con uno de los técnicos del estudio. Era
la imagen contraria a la estrella de rock que alguna vez fue: calvo, gordo y
sin cejas. Pero no pasó mucho hasta que se dieron cuenta de quién era. Algunos
lloraron. Pronto lo rodearon para hablar con él. Dijo que había ido a colaborar
con el nuevo álbum. Cuando le tocaron las nuevas canciones, se dieron cuenta de
que la comunicación con él no iba a ser tan lúcida. Vino dos o tres días más,
solo a acompañarlos. Luego desapareció.
La leyenda de la banda creció con el tiempo. Efectiva y
literalmente, atravesaron el mundo con su música. Roger siempre dijo que la
canción era dirigida a él mismo, tratando de lidiar con la fama. Al final, dio
tantas versiones que terminó diciendo que la letra estaba abierta a la
interpretación del oyente. No fue así para David. Cada vez que tocaba “Wish you
were here”, en todos los escenarios del mundo en los que se subió, pensaba en
su amigo Syd Barret, y en todo lo que había dejado atrás con él.
El doce del nueve es el cumpleaños de mamá.

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