Teheran, 1972
La radio negra era el nombre no oficial en la casa. Papá la llamaba simplemente "la receptor", fiel a su uso de nombrar a las cosas por su nombre técnico, y pensándolo bien, era una muestra de su carácter de no ponerle nuevo nombre a las cosas que ya lo tenían. Una mañana de sábado, puso una de las sillas de la mesa del comedor delante de la radio y comenzó a manipular los botones dorados, similares a los botones en el saco negro se ponía para ir a trabajar cada mañana. Mi recuerdo del momento es claro. Mamá le enseñaba a mi hermanita las letras, ambas con sus pañuelos grises de casa en el cabello. Papá llevaba puesta su única camisa blanca, la chompa de botones de lana que no se quitaba ni el más encarnizado calor, y la capa de silencio de la casa me quitaba el aliento. El dial de la radio negra, con el fondo iluminado como una ciudad americana llena de rascacielos de noche, se movía entre agudos silbidos, un hombre que leía las noticias rápidamente y sin tregua, la nota larga, profunda y acuosa de una cantante de ópera, una mujer leyendo noticias pausadamente y con tono comprensivo, y el aterrador sonido de la máquina buscando una señal. No podía más. Cuando deberíamos estar jugando en el patio en uno de los pocos días sin colegio o sin que papá tenga que ir al trabajo, todos estaban ajetreados y afanosos., buscando cosas en qué trabajar. Me quitaba la emoción de un día en el que no iba a pasar nada especial. Salí al patio.
Mamá me dijo una vez que los árboles se llamaban "cedro del Líbano". Extendían sus ramas anchas como manos sobre las casas de nuestro barrio y nos daban una sombra vital, deseada por cualquiera que estuviera ahí en verano. Mi hermano con los pantalones anchos que le heredé, jugaba en la pared de ladrillo, en su rincón favorito que era junto a la canaleta de metal que bajaba del techo. Desde la calle nos llegaba el rumor de varios taxistas discutiendo entre si junto a sus autos apagados y sus motores encendidos. Yo hubiera preferido estar en el parque de la plaza, dando vueltas en las barras paralelas sobre el eje de mi estómago. Mi condena fue breve, porque mi hermano sacó la resortera, y descubrí con horror la verdad. No estaba perdiendo el tiempo, como papá siempre se lo recriminaba, sino que estaba esperando a que una paloma se posara en el ventanal del vecino. Yo alcancé a escuchar el sonido de la liga de su resortera golpear como un látigo el silencio del patio, pero todo el mundo pudo salir de su estupor de sábado cuando la piedra de mi hermano se estrelló contra el ventanal del vecino, causando una explosión, mandando cristales por todo nuestro patio y provocando el justificado grito de guerra de la señora Fariba.
Corrí sin pensar en nada. Mi cuello ya sabía que no valdrían explicaciones y que todo niño sería encontrado culpable en el acto, sin preguntas ni cuestionantes. En lo que le tocaba a mi hermano, que se haga hombre y responsable, pensé. Solo corrí y corrí entre los pasillos que separaban cada casa del barrio, hasta alejarme de la casa, hasta alejarme del barrio, y hasta llegar al otro mundo que era la otra cara de la ciudad.
En ese lado de la ciudad aún habían caballos. Avanzaban al trote llevando los viejos carruajes de madera que se heredaban en familia, y que por eso mismo iban desapareciendo. Las palomas bajaban en bandada a los jardines abiertos de las casas, y una particularmente numerosa asustó a un anciano de sombrero que caminaba muy lentamente.
La ventana daba a la calle y tenía la cortina abierta, sujeta a un lado del marco con un gancho que la pegaba a la pared y estrujaba la tela. Justo debajo, una caja de refrescos boca abajo descansaba sobre la tierra. Parecía puesta a propósito para que alguien de mi tamaño se subiera a ver el interior. Muchos años después, una de las niñas de la casa, Parduz, le comentaría a un amigo de mi hermano que ella había puesto la caja ahí para que un novio olvidado supiera cuál era la ventana a la cuál tenía que entrar. La mala suerte de Parduz en el amor era proverbial, pero en mi caso fue providencial. "Pata de conejo" me diría mi mamá mirándome con reprensión mientras me frotaba el cabello grasiento. Porque yo pasé de largo, pero volví por inspiración desconocida, puse ambos pies sobre la caja y me asomé para ver el interior de la casa. Y esa fue mi ruina.
Debió tener mi edad, porque era un poco más alta que yo, como todas las chicas de mi curso en el colegio. Llevaba uno de esos vestidos de una pieza que las chicas usaban como uniforme y cuyo nombre no recuerdo, era una palabra americana que se pronunciaba con la letra ye, pero que siempre se me escapaba. Durante un momento, vino la imagen de mis compañeras saltando con ese uniforme al únisono del maestro en el patio de tierra y piedras. Debajo del vestido una camiseta de manga larga blanca, con puños de encaje, la hacía parecer casi una figura religiosa, venerable y respetable. Llevaba un pañuelo en el cabello, cuando me vio. Sus mejillas eran redondas, y con su m entón delicado, casi como un pellizco que le hubieran hecho sus padres al moldearla, le daba una forma de corazón a su rostro. Los ojos grandes y con pestañas espesas no eran como los ojos grandes con pestañas espesas de todas las otras chicas. Estos voltearon a verme, me encontraron en el marco de la ventana, y me mantuvieron congelado ahí. Las dos manos sujetando mi vida en el marco, y el medio rostro asomando, yo mismo con mis ojos en pecado mortal por ver lo que no podía verse, ni por accidente, bajo advertencia de pagar con la vida en la plaza pública. El riesgo me parecía adecuado, pero al recompensa fue mayor cuando, sin sonreir ni hacer ningún gesto, ella jaló un borde de la prenda, y esta cayó al suelo, haciendo un chardo de tela a sus pies.
Su pañuelo dejó campo abierto a para que su cabello caiga suelto, en dos espesas y oscuras cortinas por ambos lados de su rostro, para que descansara en sus hombros. Luego subió la mano derecha, y con los dedos de uñas claras, hizo un recorrido desde su ceja izquierda, llevando su cabello hasta un lado de su rostro para dejarlo descansando detrás de su oreja. Entonces sentí la explosión, algo guardado, que siempre estuvo ahí, se abrió paso por mi estómago y se mandó a todas mis extremidades. me quemaba sin que yo sepa qué era, sin que pudiera defenderme. Y el giro que dio mi vida entonces, no cambió nunca.
En la mesita de tocador que tenía delante de ella, y donde evidentemente se probaba pañuelos, un frasco de cristal delgado y alto como una señora elegante tenía rosas de estrechos pétalos rojos en botón, del tipo que le gustaba a mamá.

No hay comentarios:
Publicar un comentario